Parte de nuestra filosofía

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El pensamiento azteca como filosofía


Los filósofos académicos contemporáneos angloamericanos y europeos suelen distinguir entre tener una filosofía, en el sentido de tener una visión implícita del mundo, una ideología o una “cosmovisión”, y hacer filosofía, en el sentido de reflexionar y especular de forma consciente y crítica sobre la naturaleza, la estructura y la constitución de la realidad, la naturaleza de la verdad, la naturaleza del bien y del mal, la posibilidad del conocimiento humano, el sentido de la vida, etc. Sostienen que si bien todas las culturas tienen una filosofía, no todas las culturas contienen individuos que piensen filosóficamente y, por tanto, hagan filosofía. La primera surge de forma fortuita e inconsciente, sin una reflexión crítica sistemática o sostenida. En cambio, el hacer filosofía -es decir, la filosofía propiamente dicha- es una invención y posesión exclusiva de la cultura occidental a partir de los socráticos y los sofistas. Como si canalizaran a los “descubridores” europeos del siglo XVI, estos escolares modernos sostienen que los pueblos no occidentales son, en efecto, sonámbulos filosóficos irracionales. Este punto de vista ha sido articulado con claridad por destacados filósofos occidentales, como Edmund Husserl, que afirmó que la expresión de la filosofía occidental es tautológica, mientras que la expresión de la filosofía no occidental es oximorónica; Emmanuel Levinas, que en una ocasión señaló: “Siempre digo -pero en privado- que los griegos y la Biblia son todo lo que hay de serio en la humanidad. Todo lo demás es un baile”; y Richard Rorty, que afirmó que buscar la filosofía fuera de Occidente es “inútil”, ya que la filosofía es exclusiva de la cultura occidental. Según Robert Bernasconi, “la filosofía occidental atrapa [a la filosofía no occidental] en un doble aprieto: o bien [la filosofía no occidental] es tan parecida a la occidental que no hace ninguna aportación distintiva y desaparece de hecho, o bien es tan diferente que sus credenciales para ser auténtica filosofía estarán siempre en duda”. En cualquier caso, los filósofos occidentales piensan y hablan en nombre de toda la humanidad. Esta opinión no se limita a los filósofos académicos, por supuesto. Los antropólogos, religiosos e historiadores de las ideas occidentales también suelen sostener que, aunque los pueblos no occidentales son capaces de tener un pensamiento religioso y mitopoético, son claramente incapaces de tener un pensamiento filosófico.


En su innovador libro de 1956, La filosofía náhuatl, Miguel León-Portilla argumentó que la cultura nahua incluía individuos tan filosóficos como Sócrates y los sofistas. Nezahualcóyotl, Tochihuitzin Coyolchiuhqui, Ayocuan Cuetzpaltzin y otros nahuas reflexionaron de forma autoconsciente, crítica y general sobre la naturaleza de la existencia, la verdad, el conocimiento y las visiones mítico-religiosas imperantes en su época. Al atacar la ortodoxia dominante entre los filósofos académicos occidentales y sus epígonos respecto al monopolio de Occidente sobre la actividad filosófica, León-Portilla atrajo sobre sí una tormenta de calumnias y condenas. En The Aztec Image in Western ThoughtBenjamin Keen, por ejemplo, reprende mordazmente a León-Portilla por comparar “el pensamiento más elevado alcanzado por un pueblo de la Alta Edad de Piedra” con los
“logros intelectuales culminantes” de los antiguos griegos. Es de suponer que, bajo la presión de su editor norteamericano, el título inglés del libro en 1963, Aztec Thought and Culture: A Study of the Ancient Nahuatl Mind, se apartó de esta controversia y orientó el libro hacia cursos universitarios de antropología e historia. A juzgar por el título en inglés, el libro de León-Portilla ya no era un estudio de la filosofía azteca. Ahora se concebía más apropiadamente como un estudio del “pensamiento” azteca. Afortunadamente, sin embargo, el propio texto se mantuvo firme en su compromiso con la heterodoxia de que los aztecas hicieron filosofía.


¿Por qué este tema genera tanto calor? ¿Por qué importa quién es considerado filósofo y quién no? Como han argumentado innumerables estudiosos, la filosofía desempeña un papel vital en la concepción que el Occidente moderno tiene de sí mismo y del Otro no occidental. Lo que está en juego es nada menos que la autoimagen del Occidente moderno como racional, consciente de sí mismo, civilizado, culto, humano, disciplinado, moderno y masculino, en contraste con el no Occidente como irracional, apetitivo, emocional, instintivo, incivilizado, salvaje, primitivo, no humano, indisciplinado, atrasado, femenino y más cercano a la naturaleza. La filosofía, “la reina de las ciencias”, como la caracterizó maravillosamente Aristóteles, representa la cúspide de los logros intelectuales y racionales de la humanidad. Para la Ilustración europea, la filosofía representa la emancipación del intelecto de las fantasías del mito y de los grilletes del dogma religioso.

El binario filosofía versus no-filosofía de la cultura occidental es, por tanto, una herramienta socio-histórica construida para celebrar y legitimar a Occidente y su hegemonía imperial, al tiempo que denigra al “Resto” y legitima su heteronomía. La reacción a León-Portilla junto con la actitud de Occidente hacia las capacidades filosóficas de los pueblos no occidentales es aún más desconcertante a la luz del hecho de que los filósofos académicos occidentales son incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos sobre una definición adecuada de filosofía. Lo único en lo que parecen estar de acuerdo es en que los pensadores no occidentales no lo hacen (no pueden hacerlo). Incluso los autodenominados rebeldes del establishment antifilosófico, como Richard Rorty, que sostienen que la filosofía no tiene esencia, se unen al coro chovinista que niega la pertenencia al Club de la Filosofía a los pensadores no occidentales. Sin embargo, la filosofía resulta ser exasperantemente difícil, si no imposible, de definir. De hecho, definir la filosofía es en sí mismo una cuestión filosófica: del tipo que los filósofos occidentales llaman “problema metafilosófico”. ¿Hay que definir la filosofía en términos de sus objetivos, su objeto, su origen o su método? ¿Se puede definir la filosofía? ¿Cómo se decide? Y, sobre todo, ¿quién puede decidirlo? ¿Qué definiciones y respuestas cuentan y por qué? ¿Qué normas rigen el debate? ¿A quién se incluye y a quién se excluye del debate, y por qué motivos? Y lo que es más importante, ¿quién plantea y considera válidas preguntas como la de si los no occidentales son filósofos? ¿Y por qué las plantean? En resumen, no está nada claro que esta cuestión pueda resolverse de forma no etnocéntrica y no circular.


Evidentemente, este no es el lugar para resolver esta cuestión. Sin embargo, parece que los tradicionalmente excluidos del Club de Filosofía pueden seguir cualquiera de las dos estrategias. Pueden intentar ser admitidos en el club argumentando que lo que hacen se parece lo suficiente a lo que hacen los miembros de buena fe del club. León-Portilla persigue esta estrategia en nombre de los aztecas. O bien, pueden rechazar el binario filosofía versus no-filosofía -junto con todo el debate- como una reliquia del colonialismo occidental (racismo, modernismo, paternalismo, etc.) ahora desacreditada e interesada, no preocuparse por si lo que hacen se califica o no como “verdadera” filosofía, y seguir haciendo lo que siempre han estado haciendo. Rechazo el binario racional-civilizado-masculino versus irracional-salvaje-femenino, pero también me niego a ceder la investigación filosófica a Occidente. Al igual que León-Portilla, sostengo que los aztecas no sólo tenían una filosofía, sino que también hacían filosofía. Se involucraron en esfuerzos reflexivos y críticos autoconscientes que satisfacen la definición de filosofía avanzada por el filósofo norteamericano Wilfred Sellars: “El objetivo de la filosofía, formulado de forma abstracta, es comprender cómo se relacionan las cosas en el sentido más amplio posible del término”. Sus esfuerzos también satisfacen la definición de William James de la filosofía como “el inusual y obstinado intento de pensar con claridad”. Los filósofos indígenas norteamericanos Thurman Lee Hester Jr. y Dennis McPherson afirman que los sistemas de pensamiento de los pueblos indígenas de América del Norte satisfacen la definición básica de filosofía que se encuentra en las raíces de la tradición euroamericana: “una interacción reflexiva con el mundo”. Todas las culturas tienen personas que se dedican a reflexionar sobre el mundo de esta manera. “Estos son sus filósofos”.

Es cierto que el viaje filosófico de los aztecas tomó una forma diferente y los llevó a un conjunto diferente de respuestas. Sin embargo, esto es irrelevante. Como señaló una vez John Dewey, “creo que muestra una notable falta de imaginación suponer que la filosofía [debe] girar dentro del ámbito de los problemas y sistemas que dos mil años de historia europea nos han legado.” Las filosofías azteca y europea representan dos orientaciones y trayectorias filosóficas alternativas enraizadas en dos formas alternativas de vida o de ser humano en el mundo. La filosofía azteca no necesita imitar a la europea para contar como filosofía “real”. Sin embargo, no hay ninguna ley de la razón o de la cultura que exija que todos los pueblos piensen igual o sigan el mismo camino de desarrollo filosófico.
También se argumenta a veces que la religiosidad de los aztecas impedía que pensaran filosóficamente. La filosofía, como suele decirse en Occidente, comienza donde termina la religión. Sin embargo, este punto de vista supone que la religión y la filosofía se excluyen mutuamente. La religiosidad de los aztecas no impedía que hicieran filosofía, como tampoco lo hacía la religiosidad de San Agustín, Maimónides, San Aquino, Ockham, Descartes, Spinoza, Kant o Whitehead (por nombrar sólo a unos pocos filósofos de buena fe según los criterios occidentales).

Es más, la posibilidad de que la especulación metafísica azteca operara dentro de los límites de la religión azteca y sirviera como su “doncella” (para tomar la frase reveladora de Locke) no la descalifica como filosofía “real” de la misma manera que el hecho de que la mayor parte de la filosofía angloamericana contemporánea opere dentro de los límites de la ciencia y sirva como su “doncella” la descalifica como filosofía “real”.
Por último, la coherencia de la interpretación de la metafísica azteca que aquí se propone no depende de que se acepte la tesis de que los aztecas hacían filosofía. Independientemente de la opinión de cada uno sobre este asunto, es innegable que los aztecas tenían una metafísica, es decir, una comprensión sistemática y coherente de cómo las cosas, en el sentido más amplio posible, se relacionan entre sí.


University Press of Colorado